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Economía

Las dos caras de la economía: se acelera la baja de la inflación, pero también la demanda de dólares

La economía argentina transita un escenario de señales contrapuestas que el propio Gobierno presenta como un avance, pero que en el mercado se observa con creciente cautela. Por un lado, los indicadores de precios muestran que la inflación de agosto se encamina a ser el mejor dato del año, con una fuerte desaceleración en rubros sensibles como alimentos y bebidas, y estimaciones privadas que ya ubican el índice mensual claramente por debajo del 2%. El oficialismo se prepara para exhibirlo como un logro de su programa de estabilización, tras el sobresalto de julio, cuando el registro volvió a ubicarse por encima de ese umbral.

La moderación inflacionaria se apoya, en buena medida, en la decisión de mantener anclado el tipo de cambio oficial en torno a los 1.500 pesos por dólar y de administrar con mayor prudencia las compras de reservas del Banco Central. El equipo económico privilegia así la contención de los precios internos, tratando de evitar que cualquier movimiento brusco de la divisa se traslade de inmediato a góndolas y tarifas. En paralelo, las consultoras empiezan a proyectar una inflación que, de sostenerse la actual tendencia, podría cerrar el año dentro de la franja cercana al 30% anual, un nivel muy inferior al de años recientes, aunque todavía elevado en términos internacionales.

Sin embargo, el mismo esquema que colabora con la baja de la inflación alimenta un fenómeno que preocupa tanto a la Casa Rosada como a los analistas: la aceleración en la demanda de dólares por parte de ahorristas y empresas. Con un tipo de cambio que sube menos que los precios y rendimientos en pesos que lucen poco atractivos para los inversores, crece la percepción de atraso cambiario y se refuerza la búsqueda de cobertura en moneda dura. Los últimos datos oficiales muestran que en julio se alcanzaron los mayores volúmenes de compra de divisas desde las elecciones de 2025, con más de 1,7 millones de personas físicas acumulando un monto superior a los 3.300 millones de dólares a través de los distintos canales habilitados.

A este comportamiento del público se suma un contexto de mayor incertidumbre política, que se traduce en un aumento del riesgo país por encima de los 500 puntos básicos y en una postura más defensiva de los inversores institucionales. El mercado comienza a testear los límites de la estrategia oficial de sostener el dólar casi quieto, en un escenario en el que se combinan la proximidad del calendario electoral, dudas sobre la consistencia fiscal a mediano plazo y la memoria reciente de episodios de corrección brusca del tipo de cambio. La lectura predominante es que el Gobierno compró tiempo al contener la inflación, pero al costo de acumular tensiones cambiarias que podrían hacerse evidentes más adelante.

Frente a este cuadro de “dos caras”, el oficialismo busca mostrar que la economía empieza a dar señales de reactivación sin apelar a un clásico “plan platita”. Se anunció un esquema de tasas de interés estables y mayor oferta de crédito a empresas y familias, con el objetivo de apuntalar el consumo y la inversión en un entorno de inflación en descenso. Al mismo tiempo, la mejora en el ingreso de dólares comerciales y financieros —impulsada por el sector agroexportador, la energía y nuevas colocaciones de deuda corporativa— le permite al Banco Central sostener cierto margen de maniobra en el mercado cambiario. La incógnita, que ya domina el debate entre economistas y operadores, es cuánto tiempo podrá el Gobierno mantener este delicado equilibrio entre una inflación en baja y una demanda de dólares en alza, sin verse obligado a reconfigurar su estrategia.

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